El guía que conocía el bosque por el que todos se perdían
A las afueras de un pueblo había un bosque hermoso pero traicionero: senderos que parecían llevar a la salida y terminaban en círculos, atajos que en realidad alargaban el camino, claros idénticos que confundían hasta al más atento. Cada año, decenas de excursionistas entraban confiados —«si total, se ve la montaña al fondo»— y pasaban días dando vueltas, agotados, a veces a pocos metros de la salida sin saberlo.
Vivía allí un viejo guía. No era más fuerte ni más rápido que los excursionistas; muchos eran más jóvenes y atléticos que él. Pero había recorrido ese bosque mil veces y conocía cada trampa: qué sendero engañaba, qué claro repetía, dónde el musgo marcaba el norte. Con él, lo que a otros les costaba días se resolvía en horas.
Un excursionista, ya a salvo, le preguntó por qué no se animaba la gente a contratarlo desde el principio. El guía sonrió: «Todos creen que el bosque es sencillo hasta que están dentro. Para entonces, ya han perdido los días que yo les habría ahorrado.»
No porque caminara mejor, sino porque ya conocía el mapa que los demás intentaban dibujar sobre la marcha, perdiéndose.
La extranjería española es ese bosque: parece que la salida se ve, pero está lleno de trampas que solo se conocen recorriéndolo mil veces. Nosotros somos el guía. Tú decides si entras solo… o con quien ya sabe el camino.


















